Y al entrar a la sala, centenas de libros descuidados. Sentado entonces, tomó uno empolvado, lo olió, lo imaginó, y lo soltó. Así con tres más. Salió tosiendo y con una necesidad enfermiza de tierra. Corrió por el zaguán de su casa, llegó al destartalado jardín, “desblanqueó” su rostro y se embarró de lodo, y cerró los ojos; renació. No se engañaba más a sí mismo. Miró en su mente la tristeza, el mestizo, el odio. Cuando abrió los ojos, impávido, caminó hacia la puerta mayor, la abrió, miró a la Virgen del Yavirac, y gritó: ¡Runakuna, Pachamama!
de la gente de color. Buenos Aires fue otra cosa con el barrio del tambor.
La Argentina esta en el suelo porque la historia negó; ocultó su sangre india y a los negros de carbon. Vergüenza le daba al blanco esas gentes de color; quiso ser fuerte y nueva y con la Europa se unió.
No fue una cosa mala, pero al color lo margino. Nunca hubo negros decían, Y que vergüenza, señor.
Guariló, guarilóGuariló, guariló
Los negros se avergonzaron de su propia condición, y el tambor abandonaron en busca de otra razón.
Los morenos se mezclaron y se olvidaron del color. Nada ya queda de antaño, ni siquiera el milongón.
Te daré con mi pasión las blancas perlas de la mar y las estrellas con el sol pondré yo cerca de tu altar.
Yo sufro y lloro por tu amor y para mí la vida es cruel, que ya no puedo más vivir sin tu cariño, sin tu amor
El dolor que me domina y el pesar que siento, solo con tu amor soñando viviré contento
No quiero ya sufrir así, te doy por siempre el corazón, en cambio de tu amor gentil, que deliro en mi dolor
Vamos, linda, te doy con toda el alma los cielos y la mar, los ensueños del amor; vamos, vamos hasta el confín del mundo, bajo este cielo azul, en aras del amor
Está envenenada la tierra que nos entierra o destierra. Ya no hay aire, sino desaire. Ya no hay lluvia, sino lluvia ácida. Ya no hay parques, sino parkings. Ya no hay sociedades, sino sociedades anónimas. Empresas en lugar de naciones. Consumidores en lugar de ciudadanos. Aglomeraciones en lugar de ciudades. Competencias mercantiles en lugar de relaciones humanas. No hay pueblos, sino mercados No hay personas, sino públicos. No hay realidades, sino publicidades. No hay visiones, sino televisiones. Para elogiar una flor, se dice: “Parece de plástico”.
Cada vez más, me doy cuenta del cómo mi niñez y adolescencia estuvo marcada por la unión familiar y la música. Y de hecho, esta etapa que no la sé conjugar aún todavía lo está. Siempre hubo reuniones familiares, en mi familia materna, a gran escala y al menos una vez al mes sonaban varias piezas en manos de los más íntimos. Esta es historia vieja; creo haber dicho ya que tocan pasillos, boleros, música folclórica, etc, pero cada canción tiene su historia propia y diferente. Todas y cada una de estas canciones para mí son mis memorias, son mis imágenes de anhelos, tristeza, alegría, y nostalgia; crecí sin darme cuenta con un repertorio florido de música mestiza hispanoamericana sin barreras ni fronteras. Para que no me olvides, reconocible por haber sido cantada y tocada usualmente a dos guitarras en mi familia, es una popular chilena. Poesía tomada del poeta Óscar Castro Zúñiga, y cuyo nombre original es Oración para que no me olvides, y música de Ariel Arancibia.
Seguramente incorporada al repertorio en las noches de serenatas, llegó a mi generación en las reuniones de los tíos. Más significativa me fue cuando repentinamente empezó también a ser cantada por mi prima. Con algo de sorpresa mía y envidia de impotencia, la cantaban ella y mi tío. Seré sincero, sentía que a veces quedaba fuera del foco al no cantar con ellos, pero la culpa recae en mi, sin lugar a dudas. En todo caso, el tarareo del estribillo de mi prima siempre me hacía meditar acerca de esta canción: su letra y melodía. Más de ésta última, en verdad. La versión completa la escuché cuando fue también recitada por un miembro de mi familia que no conocía. Entonces la comprendí como un poema y me di cuenta de que es una de las columnas que aún recae en mí.
Oración para que no me olvides
Yo me pondré a vivir en cada rosa y en cada lirio que tus ojos miren y en todo trino cantaré tu nombre para que no me olvides.
Si contemplas llorando las estrellas y se te llena el alma de imposibles, es que mi soledad viene a besarte para que no me olvides.
Yo pintaré de rosa el horizonte y pintaré de azul los alelíes y doraré de luna tus cabellos para que no me olvides.
Si dormida caminas dulcemente por un mundo de diáfanos jardines, piensa en mi corazón que por ti sueña, para que no me olvides.
Y su una tarde, en un altar lejano, de otra mano cogida, te bendicen, cuando te pongan el anillo de oro, mi alma será invisible en los ojos de Cristo moribundo ¡para que no me olvides!.
Una de las frases que más recuerdo de mi niñez y adolescencia es la que dice: "a tu mama te parecís". Ya sea en la cancha fútbol, reunión de fin de año, o a manera de broma, pero es una memoria con chispa y gracia. Pensé constantemente que formaba parte del argot familiar, de alguna tarde de anécdotas y experiencias, pero es esencia vital de las coplas que los payasos contaban en las mascaradas de inocentes. Hablo, entonces, de la Quito que celebraba estas fiesta de inocentes desde el 28 de diciembre hasta el 6 de enero del año nuevo. Una ciudad llena de festividades que gozaba de la mama chuchumeca, el diablo ocioso, o de los payasos que se reunían luego de dar sus lecciones en la plaza de Santo Domingo, terminando ahí en un gran baile al son de las bandas de pueblo y de las de la policía.
Los payasos, en sus lecciones, alimentadas por el populacho que gritaba: "Payaso que no valís a tu mama te parecís. Payasito, la lección, payasito, la lección, de la esquina a la estación. Tu mamita sin calzón y tu taita cabezón" satirizaban a los políticos de turno o manipulaban, luego de la mencionada provocación, chistes de doble sentido a más de golpear con un baqueteado chorizón de tela a todo aquel que se le cruzase por delante. Esta es una simpática y picarezca copla que encontré buscando información al respecto:
Cuando quiere poner huevo, cacarea la gallina. Vos que nunca pones nada, calla la boca, cochina.
Mi padre fue carpintero, mi madre, carpinterilla, con razón dicel el refrán: de tal palo, tal astilla.
Ojitos de indio borracho, nariz de pupo de lima, boca de bolsa rasgada. ¡Bonita es mi carishina!.
La lagartija y el sapo se fueron a Santa Fe; la lagartija montada y el sapo zoquete a pie.
Eres chiquita y bonita eres como yo te quiero; pareces campanillita recién hecha del platero.
Todas las mujeres son parientes del gallinazo; después de comer la carne, del hueso ya no hacen caso.
Eres bonita y chiquita como grano de cebada. Lo que te falta de cuerpo, te sobra de retobada.
Anda, lucero del cielo, ya no me acuerdo de vos, porque tengo en este mundo otro lucero mejor.
En todo caso, tambień he encontrado la copla que algunos miembros mi familia recordaban a medias y es así:
Todas las mujeres de este tiempo tienen debajo del pupo una "i" y más abajito tienen lo que me gusta a mí.
Las mujeres de este tiempo son como el palo corugo, no tienen ni quince años: mamita quiero marido.
Las mujeres de este tiempo son como el mantel de mesa, no tienen ni quince años: mamita quiero cerveza.
Todas las mujeres tienen debajo del pupo un muco y más abajito tienen las barbas de don Manuco.
Cuando yo era jovencito tenía dos balas de acero y eso ¿para qué servía? para joder el trasero.
Todas las mujeres tienen en el ombligo una tasa y más abajo tienen la mantención de la casa.
Todas las mujeres tienen debajo del pupo un balde y más abajo tienen la casa del Alcalde.
Atrasito de su casa ha muerto mamá Felipa y todos estos gallinazos alcanzan a la mejor tripa.
Toda la gente de la Tola que 'ta con pistola la pistola es la cola la cola es un palo del payaso.
Las coplas y las mismas festividades se han olvidado de a poco en una Quito que las ha cambiado por el dinamismo de una ciudad moderna y todo lo que esto conlleva: televisión, automóviles, videojuegos, y cine estadounidense. Una Quito que cambió la Plaza Belmonte y los toros de pueblo por el coso de Iñaquito y sus torerías castellanas, las bandas de pueblo por chivas reguetoneras, el pasillo y el albazo por bandas de rock and roll estadounidenses, o el ecuatoriano por un híbrido de español castellano y tintes de inglés cosmopolita. Claro es que la cultura evoluciona y que debe acoplarse, pero tristeza da ver como perdemos de a poco los rasgos tan identificativos de nuestra ecuatorianidad. Y mientras las perdemos, tristemente, qué bueno es aún poder memorizar ciertas coplas -totalmente atemporales- y cantarlas a viva voz: