Buenos Aires fue otra cosa
con el barrio del tambor.
La Argentina esta en el suelo
porque la historia negó;
ocultó su sangre india
y a los negros de carbon.
Vergüenza le daba al blancoesas gentes de color;
quiso ser fuerte y nueva
y con la Europa se unió.
No fue una cosa mala,
pero al color lo margino.
Nunca hubo negros decían,
Y que vergüenza, señor.
Guariló, guariló
Guariló, guarilóLos negros se avergonzaron
de su propia condición,
y el tambor abandonaron
en busca de otra razón.
Los morenos se mezclaron
y se olvidaron del color.
Nada ya queda de antaño,
ni siquiera el milongón.

las blancas perlas de la mar
y las estrellas con el sol
pondré yo cerca de tu altar.
Yo sufro y lloro por tu amor
y para mí la vida es cruel,
que ya no puedo más vivir
sin tu cariño, sin tu amor
El dolor que me domina
y el pesar que siento,
solo con tu amor soñando
viviré contento
No quiero ya sufrir así,
te doy por siempre
el corazón,
en cambio
de tu amor gentil,
que deliro
en mi dolor
Vamos, linda,
te doy con toda el alma
los cielos y la mar,
los ensueños del amor;
vamos, vamos
hasta el confín del mundo,
bajo este cielo azul,
en aras del amor
Ya no hay aire, sino desaire.
Ya no hay lluvia, sino lluvia ácida.
Ya no hay parques, sino parkings.
Ya no hay sociedades, sino sociedades anónimas.
Empresas en lugar de naciones.
Consumidores en lugar de ciudadanos.
Aglomeraciones en lugar de ciudades.
Competencias mercantiles en lugar de relaciones humanas.
No hay pueblos, sino mercados
No hay personas, sino públicos.
No hay realidades, sino publicidades.
No hay visiones, sino televisiones.
Para elogiar una flor, se dice: “Parece de plástico”.
Seguramente incorporada al repertorio en las noches de serenatas, llegó a mi generación en las reuniones de los tíos. Más significativa me fue cuando repentinamente empezó también a ser cantada por mi prima. Con algo de sorpresa mía y envidia de impotencia, la cantaban ella y mi tío. Seré sincero, sentía que a veces quedaba fuera del foco al no cantar con ellos, pero la culpa recae en mi, sin lugar a dudas. En todo caso, el tarareo del estribillo de mi prima siempre me hacía meditar acerca de esta canción: su letra y melodía. Más de ésta última, en verdad. La versión completa la escuché cuando fue también recitada por un miembro de mi familia que no conocía. Entonces la comprendí como un poema y me di cuenta de que es una de las columnas que aún recae en mí.
Yo me pondré a vivir en cada rosa
y en cada lirio que tus ojos miren
y en todo trino cantaré tu nombre
para que no me olvides.
Si contemplas llorando las estrellas
y se te llena el alma de imposibles,
es que mi soledad viene a besarte
para que no me olvides.
Yo pintaré de rosa el horizonte
y pintaré de azul los alelíes
y doraré de luna tus cabellos
para que no me olvides.
Si dormida caminas dulcemente
por un mundo de diáfanos jardines,
piensa en mi corazón que por ti sueña,
para que no me olvides.
Y su una tarde, en un altar lejano,
de otra mano cogida, te bendicen,
cuando te pongan el anillo de oro,
mi alma será invisible
en los ojos de Cristo moribundo
¡para que no me olvides!.

cacarea la gallina.
Vos que nunca pones nada,
calla la boca, cochina.
Mi padre fue carpintero,
mi madre, carpinterilla,
con razón dicel el refrán:
de tal palo, tal astilla.
Ojitos de indio borracho,
nariz de pupo de lima,
boca de bolsa rasgada.
¡Bonita es mi carishina!.
La lagartija y el sapo
se fueron a Santa Fe;
la lagartija montada
y el sapo zoquete a pie.
Eres chiquita y bonita
eres como yo te quiero;
pareces campanillita
recién hecha del platero.
Todas las mujeres son
parientes del gallinazo;
después de comer la carne,
del hueso ya no hacen caso.
Eres bonita y chiquita
como grano de cebada.
Lo que te falta de cuerpo,
te sobra de retobada.
Anda, lucero del cielo,
ya no me acuerdo de vos,
porque tengo en este mundo
otro lucero mejor.
Todas las mujeres de este tiempo tienen
debajo del pupo una "i"
y más abajito tienen
lo que me gusta a mí.
Las mujeres de este tiempo
son como el palo corugo,
no tienen ni quince años:
mamita quiero marido.
Las mujeres de este tiempo
son como el mantel de mesa,
no tienen ni quince años:
mamita quiero cerveza.
Todas las mujeres tienen
debajo del pupo un muco
y más abajito tienen
las barbas de don Manuco.
Cuando yo era jovencito
tenía dos balas de acero
y eso ¿para qué servía?
para joder el trasero.
Todas las mujeres tienen
en el ombligo una tasa
y más abajo tienen
la mantención de la casa.
Todas las mujeres tienen
debajo del pupo un balde
y más abajo tienen
la casa del Alcalde.
Atrasito de su casa
ha muerto mamá Felipa
y todos estos gallinazos
alcanzan a la mejor tripa.
Toda la gente de la Tola
que 'ta con pistola
la pistola es la cola
la cola es un palo del payaso.
Payasito la lección,
de la esquina a la estación.
Tu mamita sin calzón
y tu taita cabezón
Las mujeres de este tiempo
son como el alacrán,
al ver al hombre sin plata,
alzan la cola y se van.
Estado lamentable en que estaba el Reino en poder del tirano Rumiñahui
Dispuso asimismo algunos millares de infantería y marchó con este ejército de farsa, contra la vecina Provincia de Caranqui, para hacerle la pesada burla que había meditado. Era esta Provincia una de las más ricas del Reino. El palacio real y el templo del Sol, que en su populosa capital fueron las primeras obras de Huaynacápac, encerraban un tesoro inmenso, y aun los individuos tenían muchas alhajas y utensilios de los preciosos metales, que sacaban como la tierra de sus vecinas montañas. Chieca de León asegura que este templo estaba lleno de grandísimos vasos de oro y plata y de tantas joyas y riquezas que no son fáciles de describirse ligeramente, por que aun las paredes todas estaban cubiertas de oro y plata.
Llegando el ejército de Otavalo a la inmediata pequeña cordillera, por donde corta la vía real, hizo adelantar varias familias enteras de hombres, mujeres, chicos y grandes, que fingiesen ir llorando y huyendo de los cristianos, que los seguían de cerca. Sorprendidos con la noticia los habitadores de Caranqui, echaron la vista al camino, y viendo desfilar por la pequeña cordillera la numerosa caballería de pacos y llamas, aturdidos y turbados todos, abandonaron sus casas y huyeron precipitadamente a los montes. Llegó allí la infantería ladrona y saqueando a su salvo las casas, el templo y el palacio, condujo a Otavalo fácilmente todos los tesoros. Respuestos de la sorpresa los fugitivos, conocieron por medio de las espías, que todo había sido una ficción, exceptuada la realidad del robo. Fue tanto su sentimiento, que mantuvieron la guerra con enemistad irreconciliable, por muchos años, de modo que las reliquias de su enemistad se conservan hasta lo presente.



